Archivos Mensuales: noviembre 2012

El moño

Un día te despiertas, te tomas un café y mientras lees los blogs de moda que sigues, descubres que se han puesto de moda los moños.
¡BIEN! gritas entusiasmada, “Con lo bien que me quedan a mi los moños”; y lo mejor de todo es que en dos de cada cuatro blogs te explican paso a paso como hacerte uno para que te quede bien bonito.
El caso es que la modelo de la foto, (la que te lo explica paso a paso) tiene un pelo sedoso y espectacular, nada que ver con la maraña informe de pelos que te gastas, cuyo estado natural es la rebeldía. En tu caso, la mata de pelo se deja mas o menos peinar sin oponer mucha resistencia, bien con plancha o bien con secador, pero si lo dejas a su libre albedrío, se convierte en lo que la gente conoce como “pelo de algodón de azúcar” (no confundir con pelo-polla). El caso es que el moño soluciona la ardua tarea de tener que peinar mechón a mechón toda la cabellera y además  hoy es un buen día para empezar a ir mona a la oficina, porque seamos sinceras, el curro es como una relación, al principio te arreglas, vas mona, te maquillas, y cuando empiezan a pasar los años y ves que da igual que vayas sobre un tacón de 8 cm que con unas hawaianas, te empiezas a dejar… Bien, pues hoy, declarado oficialmente el día del moño, es un día ideal para ir arreglada a la oficina.
Así que te lees los consejos del blog y después de fabricar tu propio “donuts de claire” con un par de calcetines viejos, (lavados previamente por supuesto), te dispones a hacer el moñete en cuestión.
El caso es que cuando llevas medio recogido hecho, (que te ha llevado más de lo que esperabas y ya prevés otro día llegando tarde) te das cuenta de que la ubicación en cuestión del moño es algo más baja de lo que  creías. “No importa, seguro que me queda divino igual…” piensas mientras intentas seguir los últimos pasos y llegar hasta el final, y es entonces cuando las horquillas intentan atravesar tu cráneo para llegar al cerebro y acabar con tu vida. Te maldices a  tí misma por tener tan poca maña con las horquillas y te preguntas si al resto de las mortales les ocurre lo que a ti.
Con el moño ya finalizado, te percatas de que esos maravillosos pelitos que habitan en la zona de la frente y de las patillas, (esos pelos que no son pelos, que son mas bien pelusilla y que no acaban de crecer NUNCA) te afean bastante el resultado, por lo que después de rebuscar entre los productos y no encontrar nada que pueda domarlos, (véase laca, gomina o cera) optas por usar un poco de jabón, que la verdad sea dicha te deja el pelo bastante tieso, y a falta de pan… buenas son tortas.
¿Quien dijo laca habiendo lagarto?, (a ver lo que aguanta).
Pues nada, listo calisto, te vas a currar…
Entras en el coche, y ahora sí, ahora definitivamente maldices el momento en el que se te ocurrió plantarte el moño a media altura en la nuca.
El moñete en cuestión choca contra el reposacabezas del coche dejando nada mas que dos opciones: La primera deshacer el moño que tanto trabajo te ha costado, y la segunda, conducir con la cabeza inclinada 30º hacia delante. Quitar el reposacabezas es algo que ni te planteas, no sea que te den un golpe y por la gracia de llevar un moño divino acabes desnucada.
Y así vas conduciendo, preguntándote cuantos de los pilotos que a tu alrededor se paran en los semáforos, se percatarán de lo idiota que pareces con la cabeza inclinada hacia delante. Al principio disimulas… haces como que buscas algo junto al radiocasete, pero luego decides pasar de disimulos y conduces con la cabeza todo lo alta que tu maravilloso peinado te permite.
Eso sí, cuando llegas al curro, nadie se percata de tu nuevo look, o peor aún, si se percatan no te dicen nada.
A las dos horas de estar frente al ordenador, un intenso dolor de cabeza se apodera de tí, no sabes muy bien si debido a las horquillas o a la tirantez que el moño ejerce sobre tu cuero cabelludo, lo único que te consuela es que así el pelo crecerá más rápido (o eso dicen…).
El caso es que cuando das por terminada la jornada y vuelves al coche, decides que has tenido suficiente por hoy, te niegas a volver a casa con la cabeza inclinada, a estas horas ya te da lo mismo el aspecto que puedas tener, así que te desarmas el moño lo más rápido que puedes y te vas a casa esperando poder tomarte un paracetamol, un ibuprofeno (o como tardes mucho un poco de morfina) que alivie este dolor de cabeza que, al fin y al cabo, te has ganado por idiota, por pensar que la moda que sale en los blogs, está a tu alcance, pobre mortal…
Cuando entras por la puerta, tu marido/hipotecado/novio te mira con cara de susto y te pregunta:
– ¿No irías a trabajar con esos pelos, verdad?.
ohhh ironías del destino, seguro que no habría sido capaz de apreciar el hermoso moño que te hiciste esta mañana, pero hete aquí que se da cuenta de que pareces Helena Bonham Carter despues de haber metido los dedos en un enchufe…
Una vez más te repites a mi misma… “Última vez que hago caso a los consejos de un blog”.

La gente se está volviendo loca…

Un día te levantas y te das cuenta de que tienes un mal día… te duele la cabeza, estás de mal humor y te sientes muy irritable… pero en realidad, toda esa mala baba que rezumas, no proviene de tí… proviene de la gente, no… la gente no… la gentuza con la te topas a lo largo del día.
Tú, como persona que piensa en los demás, no entiendes como el resto de la humanidad puede pasarse por el forro con total impunidad los sentimientos de otros.
Vas feliz cual lombriz en el coche y de repente, ¡ZAS! una señora salta sobre un paso de peatones, carrito de bebé por delante; tú, sobresaltada ante semejante imprevisto, (estás segura de que miraste la acera y no la viste, no tienes muy claro de donde ha salido), pisas el freno y pides perdón, (que al fin y al cabo, está en un paso de peatones y tiene preferencia), la señora, muy digna ella, te mira mal, muy mal. Tú te quedas de piedra, te apetece gritarle que en tus ratos libres eres peatona y que respetas a los coches, pero pasas, no merece la pena.
Aparcas el coche, y antes de entrar a trabajar decides que necesitas cafeína pal body, así que entras en la cafetería que hay debajo del curro y te acodas en la barra dispuesta a pedir un café para llevar. Diez minutos después, ves como el camarero (que a estas horas y con la cafetería llena aun no ha tenido tiempo de atenderte) vuela de un lado a otro de la barra. Por fin se acerca, tú le miras, él te mira, te sonríe, le sonríes, abres la boca para hablar y entonces oyes a tu lado: Ponme un café para llevar que tengo prisa.
La sonrisa desaparece y tu boca se empieza a abrir hasta que tu mandíbula golpea el suelo,no das crédito, ¿quién osa colarse?.
Giras la cabeza y te topas con un señor, que ni te mira, estás segura de que acaba de llegar. Aprovechas que tienes la boca abierta para recriminarle esa desfachatez, pero sigue sin mirarte y tu capacidad de reacción a estas horas de la mañana es nula… el camarero se acerca, le da el café y el hombrecillo se va… y ahí te quedas tú, con tu cara de flipe y una mala leche que te sube desde el estómago hasta la garganta.
Por fin pides el café, no lo pides “Por favor” por que un poquito de culpa también tiene el camarero, que te había visto antes, pero aún así le ha puesto el café a este mamarracho; lo malo, que tu eres buena, y te pesa el no pedir las cosas “Por favor” como te enseñó tu madre, así que cuando te lo trae, ha pasado suficiente tiempo para que te sientas culpable por no pedir el café educadamente, así que para compensar le das las gracias, sonríes, y dejas diez céntimos de propina.
Conclusión, ser grosera te sienta peor que al resto de la humanidad.
Pero tu odisea no acaba ahí. Te dispones a salir por la puerta, y entonces a mitad de camino entre la calle y la cafetería, otra señora se dispone a entrar… y va a entrar POR COJONES, vamos, que o te apartas o te aparta ella, así que optas por dejarle paso ante el miedo a que te tire el café y te quedes sin él.
Pero la señora no se queda contenta con apartarte de su camino, para colmo, te regaña: “Hay que dejar paso a los mayores jovencita”.
Te quedas ojiplática.
Respiras, piensas para tus adentros: Mecaguentuputamadre. Y le dices lo más educadamente que puedes: Señora, primera norma de educación, dejar salir antes de entrar.
– Y encima contestona – Te dice este ser salido del averno con cuerpo de anciana.
Decides irte, porque no estas muy segura pero pegarle a una señora mayor debe de estar penado con cárcel. Así que rechinas los dientes, bufas y reanudas tu marcha.
Decides tomarte el café tranquilamente, a estas alturas el día solo puede mejorar.
La mañana pasa con calma, algún cliente que te confunde con al virgen de Lourdes y piensa que con lo poco que paga puedes hacer milagros, y poco más.
Pero te queda la vuelta a casa en coche, en hora punta, y si la gente de normal anda medio agilipollada en el coche se vuelven simples amebas.
Decides tomártelo con calma, pero cuando coges el coche (otra vez) la única conclusión a la que llegas es que hoy hay luna llena, porque tanta agresividad no es normal.
El colmo de los colmos, llega cuando un conductor te pita, te insulta y te monta el pollo del siglo porque no le cedes el paso en una rotonda…
Es decir, él va por el carril izquierdo y tú por el derecho, (dejemos claro aquí, que la que tiene preferencia eres tú); vas a coger la segunda salida de la rotonda, pero el idiota este quiere pillar la primera salida y tu coche le estorba… como le ves las intenciones, levantas el pedal del acelerador, y le das tiempo a que haga su fechoría, pero no contento con salirse con la suya, decide que va a frenar para que le oigas bien, te increpa y te grita la maravillosa y eterna frase (que todas odiamos): Mujer tenías que ser.
Estás hasta el moño no… hasta lo siguiente, te acuerdas de todas las liadas del día, y revientas, pierdes los papeles, toda tu educación al garete, (rezas para que no te vea nadie conocido), y entonces bajas la ventanilla del copiloto (no sea que con el ruido no te escuche), y mientras le enseñas el dedo corazón le gritas (vocalizando bien,para que si no te oye, al menos pueda hacerse una idea de lo que le estás diciendo): Me-ca-guen-tu-pu-ta-ma-dre hi-jo-la-gran-pu-ta.
Caes en la redundancia, pero no piensas, solo echas sapos y centellas por la boca. El tío, que no se debía de esperar contestación, se queda un poco pasmado, momento que aprovechas para pegar un acelerón y huir.
Cinco minutos después los nervios te pueden y estallas en caracajadas, otros cinco minutos más y estás llorando desconsolada, rezando para que el gilipollas en cuestión no haya anotado tu matrícula y un día cualquiera te encuentres tu coche rayado, las lunas rotas, y las cuatro ruedas rajadas.
Por fin llegas a casa y le confiesas a tu marido/hipotecado/novio todos tus temores.
– Tranquila, que no vivimos en el Bronx. Peor sería que te denunciase o algo…
– ¿¿QUÉ?? ¿¿Denunciarme por qué??
– No sé… por insultarle, ¿sabías que pueden multarte por insultar?
– Yo no estaba insultando, le estaba diciendo verdades como puños…
– Ya… bueno… eso explícaselo al juez
– Gracias cariño, eres el mejor dando ánimos…
Después de sopesar el día, te das cuenta de que lo malo de tu vida son los demás, y encima gente que ni conoces… estás agotada, pero en un arranque de lucidez, decides que vas a dejar el coche, y vas a empezar a usar el autobús, que es más barato, más ecológico y te ahorras los malos rollos de conducir… porque todo el mundo sabe que el transporte público es maravilloso, y el autobús más, ¿verdad?

A veces te vuelves tonta

No es algo que pase a menudo (lo cual es de agradecer) pero cuando pasa es bastante vergonzoso…
Cuando tienes el día tonto, tu cabeza aprovecha la primera de cambio para dejarte mal… como cuando quieres decir algo, (de hecho estás pensando en algo muy concreto) y cuando abres la boca para hablar, tu cerebro te traiciona y dice otra cosa.
Bien, pongamos un ejemplo: Vas con alguien por la calle, y en esto ves un pájaro gigante volando, rápidamente lo identificas como una cigüeña, tú, en tu mente, piensas: cigüeña, entonces abres la boca para hablar y dices: “Mira menganito, una zarigüeya…” y te quedas tan ancha…
Menganito se descojona a tu costa, y tú repites (ahora sí, ahora tu cerebro funciona bien): “CIGÜEÑA!! CIGÜEÑA!! CIGÜEÑA!” a grito pelao mientras te golpeas las piernas con los puños de pura rabia.
Pero nada, el daño ya está hecho, tú has quedado como una idiota que confunde un pájaro con un marsupial.
Menganito no puede resistirse, y en cuanto tiene la oportunidad, relata la anécdota, dejándote en completo ridículo delante de amigos, familiares, y lo que es peor… DESCONOCIDOS!!. Encima cuando te imita pone de voz de niña tonta. No te queda otra defensa, que enfadarte, cruzarte de brazos y decir: “Yo no hablo así”.
Es curioso como la mente asocia… porque el caso de la zarigüeya voladora (como será conocido a partir de ahora entre tus amigos) no es un caso asilado; de hecho, si te paras a pensar, te pasa más a menudo de lo que crees (y de lo que serías capaz de reconocer).
Y a medida que va pasando el tiempo, vas ampliando las anécdotas lerdas… el caso del edredón nórdico de plumón de foca, en el que todavía no entiendes como una letra, ¡¡una sola letra!! pudo hacer tanto daño…
El fenómeno del fax en blanco… sí, damas y caballeras, envías un fax… con toda tu buena intención, y en esto te llama la persona receptora del fax y te dice:
“Me lo has enviado del revés”
a lo que tú, ni corta ni perezosa, contestas:
“Chica… pues dale la vuelta…”
Escuchas carcajadas al otro lado de la línea.
“Que no… boba… que me lo has mandado por la cara en blanco…”
“Ahhhhh…” dices todavía sin entender muy bien lo que te está contando esta pava… “Vale, vale… te lo vuelvo a enviar…”
Parece que el desconcierto en tu voz es palpable, por lo que, ante el miedo de que el fax nunca llegue, te explica:
“La cara que quieres enviar hacia abajo”
“Ahhhhhhhhhh”
Ahora sí… ahora lo entiendes, el tono del “AH” cambia y tu interlocutora se vuelve a reír (no sabes muy bien por qué… por que seguro que esto les pasa muy a menudo…)
Decides culpar a la luna llena, a la única cerveza que te has tomado o incluso a tu menstruación, cualquier fenómeno ajeno a tí y a tu cerebro traidor…
Como esa tarde que quedaste con una amiga (seguro, segurísimo que había luna llena) y durante la conversación, decides preguntarle por su ex, un chico muy majo, que (crees, no estás muy segura) trabaja de bombero; así que le preguntas: ¿Y que tal está tu ex? ¿Sigue currando de torero?.
¿CÓMO?, gritas mirando al cielo, ¿Cómo tu cerebro puede llegar a asociar bombero con torero?.
Tu amiga entre risas te pregunta: “¿No estarás embarazada?”
Te quedas ojiplática: “¿Que? Nooooooooo… ¿Por qué?”
“Porque dicen que eso pasa cuando estás embarazada, que es como si te fallasen las neuronas… a menganita la que trabaja conmigo le pasaba eso”.
Madre del amor hermoso… esperas que sea una coincidencia y que eso no se agrave durante el embarazo, no sea que algún día tu marido/hipotecado/novio/rollo de una noche te haga un bombo y te pases nueve meses con el cerebro frito, bueno, frito no… rebozao.

Todo a última hora…

Seamos sinceras, esto no nos pasa a todas, solamente a las que sois un auténtico desastre de manual como yo…
Es Halloween, bueno, en realidad no es Halloween, falta un par de semanas para Halloween y te invitan a una fiesta guay, a una fiesta hipermegamolona, y dices que sí… por supuesto, encima el hipotecado descansa ese día (en otra ocasión hablaré del maravilloso y olvidado mundo de los turnos) así que: “SÍ CLARO!! Apúntanos!!”.
Se te ocurren mil disfraces, desde los muy muy elaborados hasta algunos un poco más sencillos.
Pero… aún faltan unas semanas para Halloween, así que ¿que prisa hay?.

“¡¡PASADO MAÑANA ES HALLOWEEN!! ¡¡PASADO MAÑANA ES HALLOWEEN!! y no tenemos disfraz!”
Sí, damas y caballeras, y aún te preguntas, “¿Cómo pudo pasar?”.
Pues tranquila, que yo te lo explico:
A falta de dos semanas no hay prisa, miras algo por internet, ves cositas que te gustan y efectivamente, piensas, “Todavía queda mucho”, así que pasas y decides esperar…
Cuando falta una semana, ya te apura un poco el no tener nada preparado, pero usas un medidor de estrés infalible: observas a tu marido/hipotecado/novio y si está estresado, tú te estresas, si está tranquilo, tú te tranquilizas.
En este caso está tranquilo, así que piensas “Todavía quedan unos días” lo que tú no sabes es que tu contrario está tranquilo, porque lo ha dejado todo en tus manos, y piensa que ya lo tienes solucionado, ayyy… pobre iluso… como si no te conociera.
Empieza la cuenta atrás, ya no queda una semana quedan 6 días y uno es domingo, así que cuentan como 5. “Mañana voy a comprar los disfraces” piensas seriamente.
Y es cierto, lo cumples. Al día siguiente cuando sales de currar te acercas a los chinos que están al lado de la ofi y compruebas, que aunque a Halloween le dan mucho bombo y platillo, realmente no está arraigado en nuestra cultura, y lo que realmente prevalece es el día de los difuntos.
Lo compruebas en tus carnes, porque la tienda kilométrica, (no sabemos como los chinos consiguen locales tan grandes en el centro), solo hay ramos de flores, hay tantos ramos que te planteas cambiar los disfraces e ir de primavera… pero cambias de idea porque Halloween es una noche terrorífica, y la primavera solo le da miedo a los que como tú, son alérgicos al polen, así que decides que todavía te quedan 4 días, y que por hoy ya lo has intentado, ya mañana vas con más calma…
Pero mañana surge un imprevisto, (siempre surgen), y cuando por fin te ves libre para ir a comprar, lo único para lo que tienes tiempo es para ir al Metadona (como dice tu abuela) y así evitar morir de inanición, porque si eres desastre, lo eres para todo y hacer la compra, no se libra tampoco…
Bien… te quedan 3 días, ya empieza a cundir un poco el pánico. Descartas el disfraz que tanto te molaba porque ya no te va a dar tiempo a preparar los complementos. Descartas todo lo que necesite pintura en spray, recortar espuma, y coser (jajajajajaja… te ríes desconsolada, ¿¿coser?? pero si no sabes coser…).
Y ya al día siguiente tu contrario te pregunta: “¿Ya tenemos los disfraces?”.
Ya está… no puedes seguir ocultándolo por mucho que lo intentes; solo te quedan tres opciones,
A) hacer como que no le has oído y cambiar de tema rápidamente, esta no suele ser muy efectiva porque si no es luego, será mañana, pero al final tendrás que explicarle que es lo que pasa con los disfraces.
B) Esta opción es más trágica, y consiste en huir, salir corriendo dejando atrás tu vida como una fosquita proscrita, sin amigos, sin familia, sin ropa… nonononononono… sin ropa no… opción B descartada!!
C) la última y mas coherente es explicarle (sin llorar ni hacer pucheros) que no, que a 3 días de la fiesta aún no tenéis disfraces.
Tu contrario hace esfuerzos sobrehumanos para no decirte la verdad a la cara… (esto depende del tiempo que llevéis juntos, si lleváis mucho, le da igual, te dirá lo desastre que eres sin tapujos).
Entonces te informa de las medidas que va a tomar (te recuerda a Merkel).
– No pasa nada, mañana vamos los dos juntos y compramos los disfraces.
Pocas cosas hay peores que ir a comprar con tu hombre. Pero no dices nada, es tu castigo por dejarlo todo para última hora.
Al día siguiente, efectivamente os vais los dos juntitos en armonía y comparsa a un almacén de chinos, (éste se encuentra a las afueras, así que no os cuento el tamaño que tiene).
– Si nos perdemos nos mandamos un whats up – Dices medio en broma medio en serio.
Diez minutos mas tarde, tú sigues sin saber de que disfrazarte, pero él ya lo tiene todo listo. Lo suyo y lo tuyo.
– Yo voy a ir de hombrelobo y tú…
– ¿De vampira?
– No…
– ¿De novia de drácula?
– No…
– ¿De mujerloba…….?
– No…
– ¿De calabaza putilla?
– ¡¡NO!! vas a ir de murciélago.
¿¿¿QUÉ??? ¿¿Puede haber un disfraz con menos glamour que el de murciélago??
– Me niego.
– Es el único que hay de tu talla.
– Me reniego.
– Pues tu misma…

Tu mente empieza a cavilar, cualquier cosa antes que de murciélago…
Finalmente y ante la presión decides ir de chica de la curva, no es muy original pero tiene más glamour…
Así que empiezas a caminar por la nave buscando algo que pueda servirte para tu disfraz…
A los diez minutos te llega un whats up: ¿Donde estás que no te veo?.
Miras a tu alrededor y no sabes muy bien donde estás, caminas un par de pasillos con la esperanza de encontrarte con tu chico, pero no hay suerte. Decides quedarte quieta y lanzar una bengala para que te encuentre… te llega otro whats up, esta vez no pone nada pero es una foto, una foto de una estantería con encaje de bolillos y tapetes de ganchillo. Te suena, has pasado por ahí hace unos diez minutos.
“Quédate ahí que ya voy!” Le contestas con la esperanza de desandar tus pasos y llegar a la zona de “menaje”.
Por fin le encuentras. Te lanzas a sus brazos, como si volviera de la guerra. Él te mira un poquito avergonzado y te dice: “Cari, que hay gente”.
Te rebotas, pero no te alejas mucho no sea que os volváis a separar…
Media hora mas tarde, y con una cesta de la compra llena, os acercáis a la caja.
– Tleintaidos con cualenta.
Joder con los chinos, se han puesto por las nubes; pero pagas gustosa porque ya tenéis los disfraces, y aunque son un poco sosos, eso es mejor que nada, y además hasta te ha sobrado un día…
Cuando llegas al coche, feliz cual lombriz, tu chico te mira y te dice:
– No estés tan feliz… no lo vuelvas a dejar todo para el último día porque igual la siguiente vez no tenemos tanto suerte.
Ayy que dramático se pone, que ganas de aguarte la fiesta, podrías contestarle que todavía os sobra un día, todo un récord para tí… Pero bueno, no te cuesta nada hacerle feliz:
– Sí cariño, te lo prometo. No voy a volver a dejar nada para el último día, de verdad, palabritadelniñojesús.
De camino a casa, (justo, justo, justito a las diez de la noche pasados dos minutos, cuando ya no hay ningún centro comercial abierto) a tu chico le surge otra pregunta…
– ¿Y no tenemos que llevar nada a la fiesta?
Ups… se te había olvidado, con el rollo de los disfraces, te olvidas que habías prometido llevar algo para beber… tu cara te delata… tu chico te mira mientras niega con la cabeza.
– De verdad – Juras y perjuras – De verdad de la buena que es la última vez que lo dejo todo para última hora…