A veces te vuelves tonta

No es algo que pase a menudo (lo cual es de agradecer) pero cuando pasa es bastante vergonzoso…
Cuando tienes el día tonto, tu cabeza aprovecha la primera de cambio para dejarte mal… como cuando quieres decir algo, (de hecho estás pensando en algo muy concreto) y cuando abres la boca para hablar, tu cerebro te traiciona y dice otra cosa.
Bien, pongamos un ejemplo: Vas con alguien por la calle, y en esto ves un pájaro gigante volando, rápidamente lo identificas como una cigüeña, tú, en tu mente, piensas: cigüeña, entonces abres la boca para hablar y dices: “Mira menganito, una zarigüeya…” y te quedas tan ancha…
Menganito se descojona a tu costa, y tú repites (ahora sí, ahora tu cerebro funciona bien): “CIGÜEÑA!! CIGÜEÑA!! CIGÜEÑA!” a grito pelao mientras te golpeas las piernas con los puños de pura rabia.
Pero nada, el daño ya está hecho, tú has quedado como una idiota que confunde un pájaro con un marsupial.
Menganito no puede resistirse, y en cuanto tiene la oportunidad, relata la anécdota, dejándote en completo ridículo delante de amigos, familiares, y lo que es peor… DESCONOCIDOS!!. Encima cuando te imita pone de voz de niña tonta. No te queda otra defensa, que enfadarte, cruzarte de brazos y decir: “Yo no hablo así”.
Es curioso como la mente asocia… porque el caso de la zarigüeya voladora (como será conocido a partir de ahora entre tus amigos) no es un caso asilado; de hecho, si te paras a pensar, te pasa más a menudo de lo que crees (y de lo que serías capaz de reconocer).
Y a medida que va pasando el tiempo, vas ampliando las anécdotas lerdas… el caso del edredón nórdico de plumón de foca, en el que todavía no entiendes como una letra, ¡¡una sola letra!! pudo hacer tanto daño…
El fenómeno del fax en blanco… sí, damas y caballeras, envías un fax… con toda tu buena intención, y en esto te llama la persona receptora del fax y te dice:
“Me lo has enviado del revés”
a lo que tú, ni corta ni perezosa, contestas:
“Chica… pues dale la vuelta…”
Escuchas carcajadas al otro lado de la línea.
“Que no… boba… que me lo has mandado por la cara en blanco…”
“Ahhhhh…” dices todavía sin entender muy bien lo que te está contando esta pava… “Vale, vale… te lo vuelvo a enviar…”
Parece que el desconcierto en tu voz es palpable, por lo que, ante el miedo de que el fax nunca llegue, te explica:
“La cara que quieres enviar hacia abajo”
“Ahhhhhhhhhh”
Ahora sí… ahora lo entiendes, el tono del “AH” cambia y tu interlocutora se vuelve a reír (no sabes muy bien por qué… por que seguro que esto les pasa muy a menudo…)
Decides culpar a la luna llena, a la única cerveza que te has tomado o incluso a tu menstruación, cualquier fenómeno ajeno a tí y a tu cerebro traidor…
Como esa tarde que quedaste con una amiga (seguro, segurísimo que había luna llena) y durante la conversación, decides preguntarle por su ex, un chico muy majo, que (crees, no estás muy segura) trabaja de bombero; así que le preguntas: ¿Y que tal está tu ex? ¿Sigue currando de torero?.
¿CÓMO?, gritas mirando al cielo, ¿Cómo tu cerebro puede llegar a asociar bombero con torero?.
Tu amiga entre risas te pregunta: “¿No estarás embarazada?”
Te quedas ojiplática: “¿Que? Nooooooooo… ¿Por qué?”
“Porque dicen que eso pasa cuando estás embarazada, que es como si te fallasen las neuronas… a menganita la que trabaja conmigo le pasaba eso”.
Madre del amor hermoso… esperas que sea una coincidencia y que eso no se agrave durante el embarazo, no sea que algún día tu marido/hipotecado/novio/rollo de una noche te haga un bombo y te pases nueve meses con el cerebro frito, bueno, frito no… rebozao.

Todo a última hora…

Seamos sinceras, esto no nos pasa a todas, solamente a las que sois un auténtico desastre de manual como yo…
Es Halloween, bueno, en realidad no es Halloween, falta un par de semanas para Halloween y te invitan a una fiesta guay, a una fiesta hipermegamolona, y dices que sí… por supuesto, encima el hipotecado descansa ese día (en otra ocasión hablaré del maravilloso y olvidado mundo de los turnos) así que: “SÍ CLARO!! Apúntanos!!”.
Se te ocurren mil disfraces, desde los muy muy elaborados hasta algunos un poco más sencillos.
Pero… aún faltan unas semanas para Halloween, así que ¿que prisa hay?.

“¡¡PASADO MAÑANA ES HALLOWEEN!! ¡¡PASADO MAÑANA ES HALLOWEEN!! y no tenemos disfraz!”
Sí, damas y caballeras, y aún te preguntas, “¿Cómo pudo pasar?”.
Pues tranquila, que yo te lo explico:
A falta de dos semanas no hay prisa, miras algo por internet, ves cositas que te gustan y efectivamente, piensas, “Todavía queda mucho”, así que pasas y decides esperar…
Cuando falta una semana, ya te apura un poco el no tener nada preparado, pero usas un medidor de estrés infalible: observas a tu marido/hipotecado/novio y si está estresado, tú te estresas, si está tranquilo, tú te tranquilizas.
En este caso está tranquilo, así que piensas “Todavía quedan unos días” lo que tú no sabes es que tu contrario está tranquilo, porque lo ha dejado todo en tus manos, y piensa que ya lo tienes solucionado, ayyy… pobre iluso… como si no te conociera.
Empieza la cuenta atrás, ya no queda una semana quedan 6 días y uno es domingo, así que cuentan como 5. “Mañana voy a comprar los disfraces” piensas seriamente.
Y es cierto, lo cumples. Al día siguiente cuando sales de currar te acercas a los chinos que están al lado de la ofi y compruebas, que aunque a Halloween le dan mucho bombo y platillo, realmente no está arraigado en nuestra cultura, y lo que realmente prevalece es el día de los difuntos.
Lo compruebas en tus carnes, porque la tienda kilométrica, (no sabemos como los chinos consiguen locales tan grandes en el centro), solo hay ramos de flores, hay tantos ramos que te planteas cambiar los disfraces e ir de primavera… pero cambias de idea porque Halloween es una noche terrorífica, y la primavera solo le da miedo a los que como tú, son alérgicos al polen, así que decides que todavía te quedan 4 días, y que por hoy ya lo has intentado, ya mañana vas con más calma…
Pero mañana surge un imprevisto, (siempre surgen), y cuando por fin te ves libre para ir a comprar, lo único para lo que tienes tiempo es para ir al Metadona (como dice tu abuela) y así evitar morir de inanición, porque si eres desastre, lo eres para todo y hacer la compra, no se libra tampoco…
Bien… te quedan 3 días, ya empieza a cundir un poco el pánico. Descartas el disfraz que tanto te molaba porque ya no te va a dar tiempo a preparar los complementos. Descartas todo lo que necesite pintura en spray, recortar espuma, y coser (jajajajajaja… te ríes desconsolada, ¿¿coser?? pero si no sabes coser…).
Y ya al día siguiente tu contrario te pregunta: “¿Ya tenemos los disfraces?”.
Ya está… no puedes seguir ocultándolo por mucho que lo intentes; solo te quedan tres opciones,
A) hacer como que no le has oído y cambiar de tema rápidamente, esta no suele ser muy efectiva porque si no es luego, será mañana, pero al final tendrás que explicarle que es lo que pasa con los disfraces.
B) Esta opción es más trágica, y consiste en huir, salir corriendo dejando atrás tu vida como una fosquita proscrita, sin amigos, sin familia, sin ropa… nonononononono… sin ropa no… opción B descartada!!
C) la última y mas coherente es explicarle (sin llorar ni hacer pucheros) que no, que a 3 días de la fiesta aún no tenéis disfraces.
Tu contrario hace esfuerzos sobrehumanos para no decirte la verdad a la cara… (esto depende del tiempo que llevéis juntos, si lleváis mucho, le da igual, te dirá lo desastre que eres sin tapujos).
Entonces te informa de las medidas que va a tomar (te recuerda a Merkel).
– No pasa nada, mañana vamos los dos juntos y compramos los disfraces.
Pocas cosas hay peores que ir a comprar con tu hombre. Pero no dices nada, es tu castigo por dejarlo todo para última hora.
Al día siguiente, efectivamente os vais los dos juntitos en armonía y comparsa a un almacén de chinos, (éste se encuentra a las afueras, así que no os cuento el tamaño que tiene).
– Si nos perdemos nos mandamos un whats up – Dices medio en broma medio en serio.
Diez minutos mas tarde, tú sigues sin saber de que disfrazarte, pero él ya lo tiene todo listo. Lo suyo y lo tuyo.
– Yo voy a ir de hombrelobo y tú…
– ¿De vampira?
– No…
– ¿De novia de drácula?
– No…
– ¿De mujerloba…….?
– No…
– ¿De calabaza putilla?
– ¡¡NO!! vas a ir de murciélago.
¿¿¿QUÉ??? ¿¿Puede haber un disfraz con menos glamour que el de murciélago??
– Me niego.
– Es el único que hay de tu talla.
– Me reniego.
– Pues tu misma…

Tu mente empieza a cavilar, cualquier cosa antes que de murciélago…
Finalmente y ante la presión decides ir de chica de la curva, no es muy original pero tiene más glamour…
Así que empiezas a caminar por la nave buscando algo que pueda servirte para tu disfraz…
A los diez minutos te llega un whats up: ¿Donde estás que no te veo?.
Miras a tu alrededor y no sabes muy bien donde estás, caminas un par de pasillos con la esperanza de encontrarte con tu chico, pero no hay suerte. Decides quedarte quieta y lanzar una bengala para que te encuentre… te llega otro whats up, esta vez no pone nada pero es una foto, una foto de una estantería con encaje de bolillos y tapetes de ganchillo. Te suena, has pasado por ahí hace unos diez minutos.
“Quédate ahí que ya voy!” Le contestas con la esperanza de desandar tus pasos y llegar a la zona de “menaje”.
Por fin le encuentras. Te lanzas a sus brazos, como si volviera de la guerra. Él te mira un poquito avergonzado y te dice: “Cari, que hay gente”.
Te rebotas, pero no te alejas mucho no sea que os volváis a separar…
Media hora mas tarde, y con una cesta de la compra llena, os acercáis a la caja.
– Tleintaidos con cualenta.
Joder con los chinos, se han puesto por las nubes; pero pagas gustosa porque ya tenéis los disfraces, y aunque son un poco sosos, eso es mejor que nada, y además hasta te ha sobrado un día…
Cuando llegas al coche, feliz cual lombriz, tu chico te mira y te dice:
– No estés tan feliz… no lo vuelvas a dejar todo para el último día porque igual la siguiente vez no tenemos tanto suerte.
Ayy que dramático se pone, que ganas de aguarte la fiesta, podrías contestarle que todavía os sobra un día, todo un récord para tí… Pero bueno, no te cuesta nada hacerle feliz:
– Sí cariño, te lo prometo. No voy a volver a dejar nada para el último día, de verdad, palabritadelniñojesús.
De camino a casa, (justo, justo, justito a las diez de la noche pasados dos minutos, cuando ya no hay ningún centro comercial abierto) a tu chico le surge otra pregunta…
– ¿Y no tenemos que llevar nada a la fiesta?
Ups… se te había olvidado, con el rollo de los disfraces, te olvidas que habías prometido llevar algo para beber… tu cara te delata… tu chico te mira mientras niega con la cabeza.
– De verdad – Juras y perjuras – De verdad de la buena que es la última vez que lo dejo todo para última hora…

Objetos inanimados que cobran vida

Esto es algo que sucede a veces, según la persona más amenudo o menos…
En mi caso sucede al menos una vez al mes, y siempre me ocurre con el mismo objeto: LAS LLAVES. 
Pueden ser las llaves de casa, las llaves del coche, las llaves de casa de tu abuela, ¡Da Igual! Las llaves, de pronto desaparecen del sitio donde las has dejado. Porque… ¿las había dejado aquí verdad?.
El lugar donde pueden aparecer finalmente las llaves es (en prinicipio) inimaginable. Vamos, que no se te pasa mirar ahí ni por las tapas…
Además, las llaves suelen desaparecer cuando hacen falta, porque no nos ponemos a buscar las llaves cuando NO las necesitamos, nooooooo… Las buscamos cuando es una imperiosa necesidad el encontrarlas. En mi caso más concretamente a las 9:23 am, justo cuando salgo de casa para ir al trabajo. 
Al principio, piensas: “Tienen que estar en el bolso…” Sí, damas y caballeras, ese bolso que te compraste porque entraba hasta el cesto de la colada, ese bolso que no tiene nada que envidiar al de MeryPoppins, y que sospechas que incluso puede ser un portal dimensional a tierras desconocidas. Y ¿cual es la forma más rápida de encontrar algo en bolso?, darle la vuelta sobre la mesa del salón. 
Todo un mundo de objetos olvidados aparece entonces… “Anda mira, si tengo aquí mi USB de HelloKitty… y la lista de la compra de hace dos meses… y ese frasquito de bálsamo labial que tanto me gusta…” y así hasta el infinito, pero las llaves no aparecen. 
En un arranque de locura te tiras al suelo y buscas, (si tenéis gato, sabréis que esta idea no es nada descabellada), las llaves pueden estar debajo de un sofá, debajo del mueble del salón, etc. Pero claro, ya son las 9:35 y no, no ha habido suerte. 
Es entonces, cuando mirando el reloj y viendo que ya llegas cinco minutos tarde, resoplas, pones las manos en la cabeza y repites como un mantra: “Piensa… Piensa… ¿que hiciste ayer al llegar a casa?” Empiezas a reconstruir tus pasos desde el momento en que entraste por la puerta. Lo único que te consuela es que efectivamente, a casa llegaste en coche, por lo que las llaves no pueden estar muy lejos. Y vuelves a repasar mentalmente toooooodo lo que hiciste, que no es poco…
“Llegué y me quité las botas porque había llovido” (buscas las llaves en el armario de los zapatos), “Dejé el paraguas en la bañera” (corres al baño a buscar las llaves), “Dejé la bolsa de la comida en la cocina” (buscas en la bolsa, en los cajones y hasta en el horno, pero nada), y así hasta revisar en todos los sitios que recuerdas haber recorrido desde ayer por la tarde hasta hoy por la mañana.
A las 9:45 y viendo que no hay manera de que las put** llaves aparezcan, decides pedirle a tu marido/hipotecado/amante/rollo de una noche, que o bien te preste su coche o bien te acerque al curro. Esta opción, se suele dejar como último recurso, ya que normalmente y en contra de los cuentos de princesas que nos contaban de niñas, a las chicas de hoy en día, no nos gusta que nos salven el culo; y si es un rollo de una noche, bueeee… todavía pase… pero como sea tu marido o tu hipotecado… vas a tener que aguantarlo hasta aburrirte.
– ¿Que le pasa a tu coche? – Es lo primero que te pregunta.
– Mmmmm… nada… que no encuentro las llaves… – Dices muy bajito con la esperanza de que no te escuche y se le olvide la pregunta. Ya… como si fuera tan fácil… siempre que tú le preguntas algo, contesta con un “Ehhh?” que denota que ni te escucha ni le interesa tu pregunta, pero Ay amiga! cuando pregunta él, está atentísimo a tu respuesta, y ahí comienza el sermón: “Eres un desastre, siempre lo dejas todo por ahí… pareces Charlize Theron en el anuncio de Jadore, entrando en casa y tirándolo todo por el suelo…” y demás comparaciones rocambolescas, que a estas horas y con esta mala baba en el cuerpo no te apetece escuchar… pero aguantas, no saltas porque al final te tiene que echar un cable.
La opción más rápida suele ser que te acerque al curro, así ni pierdes tiempo aparcando ni lo dejas a él sin coche, pero durante el trayecto, te interroga:
– ¿Donde las viste por última vez?
– Cariño, si recordase donde las ví por última vez, sabría donde están…
– ¿Buscaste en el bolso?
– ¡NO! Soy idiota, no busqué en el bolso – Gritas mientras pones cara de tonta, con los ojos bizcos y sacando la lengua…
– Bueno… muy lista no eres cuando pierdes las llaves del coche.
– Para que me bajo – Dices muy digna sabiendo que no va a parar.
– Un día voy a parar y te vas a cagar… – Te contesta él entre risas.
Por fin llegas al curro y cruzas los dedos para que el jefe, que es más tardón que tú, no haya llegado todavía, o si ha llegado al menos que no se haya percatado de tu ausencia, lo cual es difícil porque en la oficina sois tres, pero no imposible.
– Hoy te echo un polvo – Le dices agradecida a tu salvador, con la esperanza de que escuchando la palabra “polvo” se olvide de por qué está delante de tu oficina haciendo de chófer.
Dos horas mas tarde, te llega un whats up de tu contrario en el que te dice con muecas varias y entre exclamaciones “Han aparecido las llaves, estaban entre los cojines del sofá”. Por fin respiras tranquila y sin querer saber muchos detalles de como han llegado las llaves ahí ni de que clase de conjuro ha hecho para encontrarlas, te juras a tí misma que a partir de hoy, dejarás las llaves a la entrada de casa, y ya de paso, puestos a engañarnos a nosotras mismas, te prometes que a partir de mañana, vas a llegar puntual al trabajo!!